El sueño es vida
Como todas las noches, Sejmet se presentó a su hora, en su marco, recortándose en el umbral de lo que podría ser una tumba, pero ¿a quién le importaba? Sólo tenía ojos para la diosa, demasiado terrible para ser majestuosa. Y soñaba que sus rodillas temblaban, como si realmente estuvieran en vertical, posición que le costaba mantener incluso en sueños. Ella no dejaba de temblar. ¿En sueños? ¿Se puede ser más real que esa figura que avanza, que parece engullir todo lo que le rodea como un maelstrom de poder?Embelesada, la contempló también esa noche. 365 estatuas de la diosa jalonaban la adoración de los súbditos de Amenhotep III, una para cada día, excepto el maldito, el día que, agazapada en su eterna calma de saber que no existe ser más peligroso en el universo, la diosa jugaba a ser Bastet, hecha un ovillo, para gozar de su falta de límites también como espectadora. Y 365 noches, la diosa dejaba de ser estatua en su sueño para ser cercanamente terrible.
Ella no dejaba de temblar. Sabía que era, en realidad, un honor y que si realmente la terrible diosa hubiera querido destruirla, le hubiese bastado con pensarlo, nada más. Pero el frío era extremo, allá en la cumbre de donde lo traía la leona andante. Sí, en realidad era un honor, porque, ¿qué podría querer la Poderosa, la Inmensa, la que no necesita de otros, de una indefensa criatura como ella?
Ya llegaba a su alcance otra vez. Ella temió que, como siempre, el sueño se desvaneciese antes de que la diosa hablase, aunque tenía la sospecha de que en realidad era el trueno de la boca de la severa madre la que la sacaba del sueño, sólo con el aliento que precedía a la temida y deseada voz. ¿Temió? ¿Realmente deseaba escuchar lo que quería decirle Sejmet? ¿Podría escucharlo?









Jiu, estrabis, jiu. Miu gavarim obsiptia ad glanten? Werl, anc tlo jo mese, jo tangtuy ed siert. Serpino ba nuñfle, ed juans miu belte ad moc, miu tiaflo Serpiño.

