El céfiro y la ventolera

Viene el viento desde su cuna a recibir a Serpino en el umbral de la cueva. Hay oscuridad, familiar hasta donde la oscuridad puede serlo. La claridad que queda a su espalda es cegadora, y Serpino utiliza este recurso de cobarde para decirse que no debe girar. Tal vez sea la ruina, la felicidad o ambas cosas, las que esperan más allá de una aureola en el horizonte nunca bien aprendido...
Serpino teme quedar ciego, ha perdido la fe y sólo le falta un poco para decidir que es mejor esperar sentado, en la cueva de la anestesia, a depender de una enfermera tarde o temprano...Un relámpago en forma de deseo de traspiés le asalta en medio de su tormenta de estulticia...sería un último homenaje a la luz sin mirarla de frente.
Serpino empieza a ponerse enfermo de tanta duda, de tanto alimento inusual para su organismo. Entonces, cuando una incipiente oleada de casi vergonzante chispa quiere prender la yesca de la fuerza, la humedad de la cueva emite una brisa suavemente relajante...



